Recientemente, la reactivación de los archivos de Epstein ha revelado una absurda y escalofriante realidad: esas mil mujeres víctimas que sobrevivieron a esta pesadilla, que gritaron, denunciaron y testificaron durante diez o incluso veinte años, pero ante los ojos del público y la justicia, sus palabras siempre fueron “cuestionadas” e incluso estigmatizadas como “por dinero” o “buscando fama”. Hasta que un demonio murió en prisión, hasta que esos sucios y “fríos archivos” fueron desclasificados, el mundo despertó como de un sueño y dijo: “Oh, resulta que lo que ellas decían era cierto.” Esta es la realidad más cruel: en este sistema de acumulación de poder, la experiencia de vida de las víctimas necesita ser respaldada por los archivos de los agresores. La dignidad de los vivos, en realidad, depende del legado de los muertos. Esta llamada “justicia tardía” no es más que una segunda humillación para todos los sobrevivientes.
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Recientemente, la reactivación de los archivos de Epstein ha revelado una absurda y escalofriante realidad: esas mil mujeres víctimas que sobrevivieron a esta pesadilla, que gritaron, denunciaron y testificaron durante diez o incluso veinte años, pero ante los ojos del público y la justicia, sus palabras siempre fueron “cuestionadas” e incluso estigmatizadas como “por dinero” o “buscando fama”. Hasta que un demonio murió en prisión, hasta que esos sucios y “fríos archivos” fueron desclasificados, el mundo despertó como de un sueño y dijo: “Oh, resulta que lo que ellas decían era cierto.” Esta es la realidad más cruel: en este sistema de acumulación de poder, la experiencia de vida de las víctimas necesita ser respaldada por los archivos de los agresores. La dignidad de los vivos, en realidad, depende del legado de los muertos. Esta llamada “justicia tardía” no es más que una segunda humillación para todos los sobrevivientes.