Cuando los hombres entran en recuperación, a menudo enfrentan un desafío inesperado: la ira se vuelve más fuerte, más reactiva y más difícil de controlar. Esto no se debe a que los hombres sean inherentemente propensos a la rabia. Más bien, refleja años de canalizar la vulnerabilidad—miedo, vergüenza, duelo y dolor—hacia la ira, que parecía más socialmente aceptable.